Acostarse tarde por terminar una tarea, quedarse con el celular hasta pasada la medianoche o acumular actividades después del colegio puede terminar restándole al sueño más horas de las que parece. En niños y adolescentes, esa falta de descanso no solo se traduce en cansancio al día siguiente: también puede afectar la memoria, la concentración, el estado de ánimo y el desempeño escolar.
El Ministerio de Salud (Minsa) recordó recientemente que dormir adecuadamente cumple un papel importante en el desarrollo físico, emocional y cognitivo. En adolescentes recomienda entre ocho y diez horas de sueño cada noche, ya que el descanso favorece la memoria, la concentración y el rendimiento escolar.
Pero contar horas no es el único indicador. Verónica Palacios, psicóloga del nivel Medianos del Colegio de la Inmaculada Jesuitas, explica que también es importante observar cómo despierta el estudiante y cómo se desenvuelve durante el día, pues un descanso insuficiente puede hacerse visible en su atención, energía, comportamiento y disposición para aprender.

Los niños de 6 a 12 años deberían dormir entre 9 y 12 horas al día, mientras que los adolescentes de 13 a 18 años necesitan entre 8 y 10 horas, de acuerdo con las recomendaciones de la Academia Americana de Medicina del Sueño recogidas por los CDC.
Palacios explica que esas horas cumplen funciones que van mucho más allá de recuperar energía. Mientras el estudiante duerme, el cerebro organiza parte de la información recibida durante la jornada, fortalece la memoria y favorece mecanismos relacionados con la atención y la regulación emocional.
“Un descanso adecuado permite que niños y adolescentes lleguen al colegio con mayor capacidad para concentrarse, resolver problemas, controlar sus emociones y participar activamente en los procesos de aprendizaje”, señala la especialista.

Irritabilidad y bajas notas: señales de que algo puede estar pasando
La somnolencia durante el día es quizá la señal más evidente, pero no siempre es la primera. Palacios recomienda prestar atención a cambios como irritabilidad, dificultad para concentrarse, variaciones frecuentes de humor, menor energía o una caída en el rendimiento escolar.
Un estudiante que normalmente se mostraba participativo, por ejemplo, puede comenzar a tener problemas para mantener la atención durante las clases o mostrarse menos dispuesto a realizar determinadas actividades. La falta de sueño también se asocia con dificultades de atención y comportamiento que pueden repercutir en el desempeño académico.
Por ello, la especialista plantea que las familias no solo revisen la hora a la que los niños se acuestan, sino también las rutinas que preceden al descanso.

Además de observar cuántas horas duermen sus hijos, Palacios recomienda revisar algunas rutinas familiares que pueden facilitar —o dificultar— el descanso. Estos son los seis hábitos que plantea:
Mantener horarios regulares para dormir y despertar. Acostarse y levantarse aproximadamente a la misma hora todos los días ayuda a regular el reloj biológico. La recomendación también alcanza a los fines de semana, evitando cambios demasiado bruscos en los horarios.
Dejar las pantallas antes de acostarse. Celulares, tablets, computadoras y televisores pueden retrasar la producción de melatonina, hormona que interviene en el inicio del sueño. La especialista recomienda suspender su uso al menos una hora antes de ir a la cama.

Crear una rutina nocturna de relajación. Leer un cuento, conversar en familia, escuchar música tranquila o realizar ejercicios de respiración puede ayudar a preparar el cuerpo para descansar, especialmente en los niños más pequeños.
Preparar un ambiente adecuado para dormir. Una habitación oscura, silenciosa, ordenada y con una temperatura agradable favorece el descanso. También conviene reducir ruidos y estímulos que puedan provocar despertares durante la noche.
Evitar sobrecargar la agenda diaria. Las actividades extracurriculares pueden aportar al desarrollo de niños y adolescentes, pero también necesitan tiempo para relajarse, compartir en familia y llegar a la hora de dormir sin prisas ni estrés.
Observar cambios en el comportamiento. Irritabilidad, somnolencia durante el día, dificultad para concentrarse, cambios de humor o una caída en el rendimiento escolar pueden indicar que el descanso está siendo insuficiente. Detectarlos permite ajustar las rutinas y, si el problema persiste, buscar orientación profesional.

¿Cuándo conviene consultar con un médico?
No todas las dificultades para dormir se resuelven modificando horarios. Si pese a ordenar las rutinas el niño continúa teniendo problemas frecuentes para conciliar el sueño, se despierta reiteradamente durante la noche, ronca de manera habitual o amanece cansado, Palacios recomienda acudir a un pediatra.
El especialista podrá realizar una primera evaluación y determinar si es necesario recurrir a otro profesional. “Una intervención oportuna y un abordaje integral pueden contribuir significativamente al bienestar y al desarrollo del niño”, sostiene la psicóloga.
De acuerdo a la especialista, el descanso debe dejar de verse como tiempo que se le resta al estudio. Dormir las horas necesarias también forma parte del aprendizaje: permite recordar mejor lo aprendido, mantener la atención y regular las emociones durante la jornada escolar.
