Durante casi un mes, más de 1.000 millones de personas seguirán desde sus pantallas los partidos y los goles del Mundial de Fútbol 2026. Pero lo harán sabiendo que ese tiempo representará apenas un recreo en un mundo desordenado y atravesado por conflictos como no se veía desde hace décadas.
Geopolítica y fútbol siempre han ido de la mano. La Segunda Guerra Mundial obligó a cancelar los mundiales de 1942 y 1946. Hoy, los tres países organizadores de esta edición —Estados Unidos, México y Canadá— constituyen una prueba palpable del complejo escenario político, económico y social que atraviesa el planeta.
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Estados Unidos recibe el torneo mientras su presidente insiste con la idea de anexar Canadá y mantiene una confrontación militar con Irán, cuya afición tiene vedado el ingreso al país y cuyos jugadores solo pueden entrar desde México para disputar sus partidos, llegando apenas el día anterior a cada encuentro. Rusia, anfitriona del Mundial de 2018, fue excluida de esta edición por su invasión de Ucrania.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, anunció la llegada a Estados Unidos de “una horda de bárbaros, pero bárbaros felices”. Sin embargo, esa celebración excluye a miles de aficionados de países con severas restricciones para acceder a visas, entre ellos Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal. El árbitro somalí Omar Artan, considerado el mejor de África, llegó al país y fue deportado sin dirigir un solo partido. Mientras tanto, el servicio antimigratorio ICE permanecerá atento para intervenir en los estadios cuando lo considere necesario.
Copa Mundial manchada
México ofrece también sus propias dificultades. El clima de violencia asociado al crimen organizado sigue siendo una preocupación constante. La sede de Guadalajara se vio conmocionada este año por la captura de un importante jefe narco, mientras que diversas protestas sociales llevaron a la presidenta Claudia Sheinbaum a denunciar una supuesta “provocación” en vísperas del partido inaugural en el Estadio Azteca.
Rusia, anfitriona del Mundial de 2018, fue excluida de esta edición por su invasión de Ucrania”
Como si faltara un ingrediente característico de las crisis de nuestro tiempo, los fenómenos climáticos extremos previstos para el comienzo del verano boreal, cuando se disputará el torneo, amenazan con alterar las condiciones habituales de competencia para los futbolistas y desalentar la asistencia de espectadores, ya afectados por el elevado costo de las entradas.
El politólogo italiano Giovanni da Empoli ha descrito el final del orden internacional de las últimas décadas como el cierre de una “anomalía breve” e irrepetible, tras la cual reaparecen las guerras y las policrisis. En la misma línea, el experimentado diplomático chileno Juan Gabriel Valdés advierte: “Hemos vuelto a una lógica de competencia sin límites y sin reglas”.
Los mundiales de fútbol nacieron en 1930 de la mano del dirigente francés Jules Rimet, quien imaginó este deporte —como cualquier competencia humana: una disputa por ganar, pero sometida a reglas compartidas— como una herramienta para promover la paz y la unidad entre las naciones.
Por eso, la esencia mundialista adquiere hoy una relevancia especial. Si el fútbol nació como un lenguaje común capaz de reunir a pueblos y naciones bajo reglas aceptadas por todos, este Mundial se disputará precisamente en un tiempo marcado por la erosión de esas reglas. Y aunque la pelota, como decía Diego Maradona, “no se mancha”, esta Copa llegará inevitablemente marcada por las tensiones, conflictos y contradicciones del mundo que la organiza.