Tras su exitoso paso por el Festival Santiago a Mil en Chile y antes de partir hacia el FITEI de Portugal, Federico León reestrenó su última creación en la sala Zelaya (Zelaya 3134, CABA). El Trabajo, que cuenta con el propio León como intérprete, propone un laboratorio escénico donde la auto-observación y la ruptura de los mecanismos instintivos son los protagonistas. Así el barrio del Abasto recupera una de las propuestas más singulares de la escena actual. Y volvió a presentarse en el espacio que supo ser la casa del director y que hoy funciona como el epicentro de sus investigaciones. En esta obra, León no sólo asume la dramaturgia y la dirección, sino que también se sube al escenario junto a Santiago Gobernori y Beatriz Rajland, para someterse a las mismas reglas y protocolos que les propone a sus alumnos desde hace casi dos décadas.
La génesis de la obra se encuentra en los talleres que dicta desde hace 18 años, donde el foco no está en producir material teatral, sino en entender cómo funciona cada individuo frente a lo imprevisto. “El trabajo se refiere al que cada uno tiene que hacer consigo mismo. La premisa es auto-observarse en todo lo que uno hace, tratar de entender cómo funcionamos y qué pasa si empezamos a hacer algo sin claridad”, explica el autor sobre este proceso que trasciende lo escénico para tocar fibras vitales y vinculares.
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El arte de “elongar” las actitudes
Uno de los conceptos centrales que atraviesa la puesta es la idea de “elongar actitudes”, una práctica que busca pausar las reacciones mecánicas ante los estímulos. León utiliza el ejemplo de una respuesta ante la violencia para ilustrar cómo el teatro puede funcionar como un espejo de las teorías de no-violencia de Gandhi. “Elongar lo asocio con no responder de manera mecánica a algo, sino esperar un poco y poner en pausa la primera, segunda o tercera reacción. Uno se sorprende con lo que aparece ahí; va cambiando el umbral de posibilidades”, reflexiona el director sobre este ejercicio de autodisciplina. Aquí la entrevista completa:
Esta experimentación radical involucra a los tres intérpretes en situaciones de gran exigencia física y emocional. Un caso destacado es el de Beatriz Rajland, quien a sus 88 años se somete a este método riguroso, desafiando incluso sus propias limitaciones. Según Federico, la obra busca que el cuerpo se imponga sobre el control de la mente: “Se trata de salir de la zona de seguridad, de hacer cosas que a uno no le convendría hacer y, por un ratito, probarlo para recibir información sobre uno mismo”.
A diferencia de sus producciones anteriores, en las que el texto solía terminarse durante los ensayos, El Trabajo se mantiene fiel al guion original, aunque busca transmitir una apariencia de espontaneidad constante. La intención es que el espectador sienta que la obra se está construyendo en ese preciso momento, como si las decisiones -desde sacar una puerta hasta cambiar un movimiento- surgieran de forma orgánica. Esta atmósfera se ve potenciada por el diseño de escenografía y utilería de Ariel Vaccaro y la iluminación de Alejandro Le Roux, quienes trabajaron junto a Leandro Orellano para crear ese entorno de laboratorio.

La cercanía física es otro pilar fundamental de la experiencia en Zelaya. Con el público ubicado a escasos centímetros de los actores, la obra elimina la cuarta pared para transformar la función en un rito compartido. En este ecosistema, la música de Diego Vainer y el asesoramiento coreográfico de Luciana Acuña terminan de dar forma a una puesta que cuenta además con el vestuario de Paola Delgado y la asistencia de dirección de Carla Grella.
Producida por Zelaya en coproducción con Paraíso Club, y con el apoyo de festivales internacionales como FITLO y el mencionado FITEI, El Trabajo se presenta todos los viernes y sábados a las 20, compartiendo con la audiencia los resultados de una investigación que, en palabras del autor, busca “salir del closet” de las estructuras cotidianas para descubrir qué hay más allá del funcionamiento instintivo. Encontrá acá más info sobre las entradas.