Uno de los vicios de la edad es decir lo que pensamos, lo que creemos es verdad, aunque algunos menos tajantes advertimos que es sólo la nuestra.
En el momento de viajar, Berlín fue la ciudad siempre descartada.
Me era imposible no asociarla con lo más terrible del género humano, materializado en campos de concentración, cámaras de gas, muro. Años atrás la bella película Ludwig, de Luchino Visconti funcionó como promesa de maravillas inimaginadas.
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Luis II de Baviera coronado rey a los 18 años, amante del arte, mecenas de Richard Wagner, declarado loco, destituido, estigmatizado y muerto de manera dudosa, utilizó su fortuna familiar en la construcción de tres magníficos castillos, uno de los cuales, Neuschwanstein encabeza mi “museo imaginario”.
Fue así como partimos a Alemania donde disfruté de las maravillas de su legado mientras, con gran alegría me enteraba que Alfonsín había ganado las elecciones! Vaya momento yo, nosotros, hacía años que vivíamos lejos de la Argentina, hablábamos otra lengua desatendíamos algunos códigos y éramos algo así como turistas de la vida. No todo quedó atrás, la arquitectura y los paisajes aún me acompañan.
Un mes atrás G, hombre culto, compañero de vida y viajes, algo narciso como casi todo psicoanalista propuso: “vos elegí una ciudad y yo elijo otra”.
El lado fashion de Berlín queda frustrado por falta de moda generalizada, imposible sacar una tendencia callejera del tobillo para arriba, todo eclecticismo es practicado”
Fui por Londres segura de ganar. Cuando él dijo Berlín no tuve más opción, aunque algo aburrida, de aceptar la apuesta.
La esplendidez del Imperio Británico detonó ojos y cerebro en un cocktail tan estético que laceraba. Partimos plenos hasta llegar a Berlín, esa ciudad no elegida cuyo nombre hace referencia a un pantano o ciénaga, pero la asocian con un oso y cuya letra i le otorga un ritmo liviano y musical que contradice una de los episodios más vergonzantes de la humanidad.
Una “Cortina de Hierro” que dividió al mundo: cómo era el Muro de Berlín
La ocasión fue coronada por una entrada algo ingrata donde un obtuso de migraciones me pidió un comprobante de la fecha de salida. ¡¡¡¡A mi edad!!!! Por razones obvias me privé de decirle: “¡¿Idiota salida de dónde, del país o de la tierra!?”.
Taxi turco abriéndose paso a puro insulto, único mal humor en toda la estadía y más allá del tiempo, de los prejuicios, del miedo, la ciudad de Berlín.
El enamoramiento fue instantáneo y confirmo que será duradero. Berlín más que una ciudad es un estado de ánimo.
Berlín es atmósfera, espacio, sorpresa, cosmopolita, alternativa y vanguardia. Es pasado que aplasta y futuro que libera.
En Berlín duermo distinto, camino más lento, sonrío más largo.
Berlín devoró cualquier agresividad y diluyó la angustia.
Su atmósfera es propicia para que la gente complicada entre los que me encuentro, relaje y disfrute la voluptuosa oferta de posibilidades que tiene para ofrecer. Cada uno construye su propia ciudad dentro de la ciudad y algunos la recorremos a pie.
Entre sus peculiaridades, el lado fashion queda frustrado por falta de moda generalizada, imposible sacar una tendencia callejera del tobillo para arriba, todo eclecticismo es practicado. Por el contrario, del tobillo para abajo salvo borcegos con medias tres cuartos o zapatillas que aluden a letras sueltas del abecedario, todos los pies llevan la producción de zuecos y sandalias alemanas que comienzan con la letra B.
El río es pretexto para todo, hileras de reposeras sobre el césped en una de sus orillas, pistas de baile al paso en otra, donde todos, jubilados incluidos y gente que sale de trabajar, se sientan en pequeñas mesas a tomar algo y bailar con amigos o desconocidos mientras el sol se hunde en el Speer.
De todas maneras no debo sesgar la información ya que mi asombro se vio algo acotado al enterarme que,ese Berlín que estaba viendo, era el equivalente de una mariposa que acaba de abandonar la oscuridad larval llamada invierno con temperaturas bajo cero y oscuridades prematuras que la tenían presa.
La primavera en Berlín invita a volar, es el comienzo de otra vida, salir, caminar, tirarse al sol junto al río, las mesas en las veredas, las plazas repletas, los manteles sobre el pasto y sobre los manteles cerveza y aperol.
En Berlín la primavera funciona como un inmenso portón que se abre ante una muchedumbre algo entumecida por las nieves y el frío. La vida es un picnic. ¡Ciudad de multitudes jóvenes y hordas de niños de todos colores, los muy viejos son turistas! No exagero. Los locales habrán muerto en los bombardeos y los que quedaron vivos, ¿escaparon del recuerdo de una ciudad destruida y arrasada?
Muchedumbres “desvestidas” como un trópico intenso aunque haya solo 14 grados, el clima no cuenta, se desvisten por calendario.
Pareciera que todo se inicia, amistad, romance, emprendimientos, se convive y se respetan entre musulmanes, vietnamitas, africanos, latinos y nativos, algunos casi transparentes de tan blancos que juntos forman al caminar un caleidoscopio humano, más que humano diría Nietzsche.
Neukölln, el barrio más cosmopolita de Berlín
Una multitud de colores que se suman al verde radiante de una vegetación que parece haber surgido de golpe.
Berlín se convirtió en relato. ¿Por qué? Simplemente porque no imaginé que existiera una ciudad así y ese “así” tiene connotaciones variadas y precisas: diversidad, respecto, relax, disfrute, diversión, futuro.
Un artista amigo nos recomendó un lugar de comida asiática que merece el relato que pueda ayudarme para aclarar cómo terminé abrazada lagrimeando a un mozo vietnamita que había conocido tres días antes. Sobre todo, vale decirlo, habiendo tomado solo una copa y media de vino.
Dije arriba que Berlín era un estado de ánimo, lo cual hace suponer que ello influyó de manera crucial en el mío.
Toni en Alemania (Tùng Vü, en su patria), fue el mozo encargado de llevarnos a una de las mesas que el lugar desplegaba sobre la vereda. Su silueta desprendía un aire infantil, desprotegido y amable. Aparentaba 20 años, aunque más tarde supe que tenía 10 más.
Podría decir sin conocerlo, que era un hombre bueno.
Tomó el pedido y al volver con los platos preguntó de dónde éramos. Ello dio lugar a un breve intercambio de cordialidades que muy pronto se convirtieron en necesidad de saber sobre su adaptación a una cultura tan diferente. Minutos después, la conversación se había convertido en un relato sobre su vida trasplantada.
Pregunté si volvería a su país y la respuesta me hirió el corazón; tanto que me hizo acordar que tenía uno y muy sensible.
– Si pero lo haré más tarde, cuando tenga 50 o tal vez 60 años.
Ayudaba a su familia con el sueldo, de manera que había planeado seguir haciéndolo 20 o 30 años más. La vida en suspenso, desear volver no le estaba permitido, cumplir un anhelo era cosa de afortunados o de ricos.
Pensé en su juventud embargada. Utilicé un manojo de lugares comunes para consolarlo y aplacar mi inquietud, dije que se apoyara en sus amigos, en su mujer embarazada de tres meses, que un grupo de pertenencia sería un gran apoyo etc. Para mayor asombro, cuando terminé preguntó si me quedaría en Berlín o estaba de paso. Intuí un ojalá se quede.
Se había creado un lazo invisible que me dejó una sensación de responsabilidad por un extraño que acababa de conocer. ¿La orfandad era tan grande que sentirse escuchado por algunos minutos le devolvía su condición de persona?
Conmovida, lo sucedido fue motivo de conversación y análisis en todas las cuadras que nos separaban del hotel.
La noche siguiente volvimos al mismo restaurant, a la misma mesa y a él mismo, quien al vernos dio tan cálida bienvenida como un náufrago frente a la lancha de rescate.
Dos horas más tarde y habiendo pagado la cuenta, Toni apareció con una bandeja, en cuyo centro y dentro de una fuente, flotaba un esponjoso postre bañado en crema de naranja: “es un regalo”, dijo, haciendo avergonzado el ademán de marcharse.
Me escuché decir que al día siguiente yo le llevaría otro, algo que no sucedió la noche siguiente, cuando volvió a sorprendernos con un exuberante plato de confituras y cremas luego de que hubiéramos pagado.
Antes de volver al hotel le expliqué que no lograba imaginar qué podría darle, que había pensado distintas opciones y ninguna me pareció adecuada.
“No tiene por qué hacerlo”, fue todo lo que dijo sonriendo antes de saludar con un hasta mañana.
Por tercera vez su persona se había convertido en tema para la vuelta que implicaba caminar dos cuadras, subir unas escaleras, pasar el puente sobre el río Speer, bajar, hacer otra cuadra más y entrar por una puerta corrediza en cuyo vidrio se leía el pedido de no empujarla ya que se movía sola, igual que mi desazón.
Al día siguiente mi amigo nos llevó a un barrio lindante con la zona árabe llamada Kreuzberg, “la pequeña Estambul”. Mientras ellos tomaban café, partí a recorrer la plaza donde un mercado al aire libre vendía frutas, comida, ropa, accesorios y todo tipo de objetos.
Como la inspiración me había abandonado, la suerte llegó al rescate y mis pies fueron la brújula que me depositaron frente a un puesto repleto de infinidad de bellos anillos hechos a mano.
Demoré una eternidad pero logré elegir el que me pareció apropiado por diseño, precio y tamaño. Volví a la mesa feliz sabiendo que esa noche Toni tendría regalo.
A las ocho y media llegamos a “nuestra mesa,” otro mozo nos acomodó, otro nos acercó el menú y un tercero vino a ofrecer las bebidas.
“ ¡No puedo creer que no vino!, no está!”, le dije a G. Pero mi temor se vio pronto recompensado cuando pregunté por su nombre, lo fueron a buscar, llegó sonriente, ese día lo habían cambiado de sector. Le extendí la pequeña bolsa diciendo: “espero que te guste, es mi regalo para que nos recuerdes”.
Desearía que las palabras dibujaran la imagen ya que no me alcanzan para describir cómo sus ojos se achinaron aún más, hasta formar una delgada línea negra. Sus labios estirados al máximo por una sonrisa que tensaba las comisuras como intentando llegar al nacimiento de sus pequeñas orejas.
Agarró la bolsita agradeciendo y me pidió permiso para irse, necesitaba abrirlo a solas. Al rato volvió con el anillo puesto en su mano derecha, al rato volvió con el anillo puesto en su mano izquierda, lo cambiaba de lugar cada vez que aparecía, creo que era la primera vez que tenía uno.
Le advertí que si lo cambiaba todo el tiempo podría perderlo.
“Es que necesito saber –dijo-, porque si es muy caro no puedo aceptarlo”.
Tanta amorosidad me dejó perpleja, le expliqué que era un souvenir, que lo había comprado a un precio más que razonable y que debía tenerlo no sólo como recuerdo sino porque estaba segura de que le traería suerte.
La despedida comenzó con otro de sus regalos, esta vez con una especie de ceremonia del café vietnamita, el cual una vez terminado marcó el tiempo de la partida.
Ya nos vamos, pero quedemos comunicados por Instagram, dije para sentir que el corte sería menos abrupto.
Al irnos, se acercó, me tomó ambas manos y se inclinó varias veces en señal de agradecimiento, las miradas que cruzamos fueron con tanto cariño que empalideció las de Rick e Ilsa en la escena final de “Casablanca”.
G tomó mi brazo mientras preguntaba: “¿vamos?”.
Caminé unos pasos para alejarme y poder llorar en silencio. No puedo hablar ahora dije, no sé qué me pasa.
Y aún lo ignoro, solo intuyo que, acostumbrada al mundo cotidiano de impiedad y violencia, su presencia revivió el recuerdo de tanta humanidad perdida.
Tal vez todavía haya alguna esperanza, porque gracias a Berlín inauguré esa noche un nuevo estado de ánimo.