Juan Díaz de Garayo, conocido como el Sacamantecas, llega al cine en una película que reconstruye los crímenes que aterrorizaron la Llanada Alavesa entre 1870 y 1879 y que configuraron un mito popular que transformó a un campesino en una figura de terror. El largometraje sitúa la investigación en una sociedad golpeada por la guerra, la pobreza y la desprotección de las mujeres.
Juan Díaz de Garayo, nacido en Eguílaz en 1821, ha quedado registrado como el primer asesino en serie de España tras matar al menos a seis mujeres de entre 13 y 55 años entre 1870 y 1879.
Garayo fue campesino, pastor, carbonero y criado en Álava antes de establecerse en Vitoria. En 1850 se casó con una viuda apodada La Zurrumbona, con quien tuvo tres hijos; las actas de su posterior juicio sostuvieron que durante los 13 años de aquel matrimonio fue buen padre y marido y no cometió delitos.
Su primera esposa murió en 1863 por causas naturales. Después contrajo matrimonio con Juana Salazar, fallecida en 1870 a causa de la viruela; a partir de entonces comenzó la cadena de crímenes que se le atribuyó.
El primer asesinato conocido se produjo el 2 de abril de 1870 junto al arroyo Errekatxiki, a las afueras de Vitoria. La víctima, conocida como La Valdegoviesa, fue hallada al día siguiente y el caso quedó archivado por falta de pistas.
La segunda víctima era una viuda apodada La Riojana, que sobrevivía mendigando. En agosto de 1872 fueron asesinadas una criada de 13 años enviada a hacer un recado y una joven que ejercía la prostitución.
Tras esos ataques hubo un intervalo de siete años sin nuevos homicidios, aunque varias jóvenes sufrieron agresiones y consiguieron escapar. El 7 de septiembre de 1879, María Dolores García de Cortázar, de 25 años, fue apuñalada en Vitoria tras rechazar las insinuaciones de Garayo.
A la mañana siguiente, Manuela Audícana, de 52 años, fue atacada cuando regresaba a pie a su pueblo. Garayo la mató y mutiló su cadáver; después afirmó que buscaba que la población atribuyera el crimen a la figura legendaria del Sacamantecas.
La transformación de Garayo en personaje fantástico y mitológico se produjo en un entorno marcado por el final de las Guerras Carlistas, la miseria y el temor colectivo. La prensa y el folclore rural amplificaron la historia hasta convertir al criminal en una criatura asociada a la extracción de grasa y vísceras humanas para fabricar remedios.
Al parecer, Garayo conocía los rumores que circulaban sobre el Sacamantecas e intentó reproducir de forma deliberada esa escenografía para despistar a las autoridades. La llegada del ferrocarril había extendido además el bulo de que las compañías necesitaban manteca humana para engrasar las vías y los ejes de las locomotoras. Sin embargo, su ‘modus operandi’, nunca se acercó a esas técnicas.
Muchos investigadores relacionan la leyenda con temores ancestrales sobre el tráfico de vísceras y con la creencia de que curanderos clandestinos podían arrebatar órganos a personas vulnerables para sanar enfermedades graves. El caso almeriense de Gádor, ocurrido en 1910, alimentó ese imaginario después de que Francisco Leona Romero y sus cómplices asesinaran a un niño para extraerle grasa y vísceras con el propósito de curar la tuberculosis de un cliente.
José Sanz y Díaz, en su texto sobre la leyenda de El Sacamantecas, atribuyó precisamente al crimen de Gádor el origen del relato popular difundido en romances y pliegos de cordel. Esos impresos presentaban el asesinato como un caso de “general escarmiento” y ayudaron a extender la figura por ferias y pueblos.

En Álava, la tradición situó al criminal en el dolmen de Eguílaz y le atribuyó túneles subterráneos bajo Vitoria, además de una mirada hipnótica o polvos capaces de paralizar a sus víctimas. El mito acabó funcionando como equivalente local del hombre del saco o el coco y también restringió la movilidad de las mujeres mediante el miedo a transitar solas por las afueras al anochecer.
Pío Fernández de Pinedo, el alguacil del caso, siguió las descripciones de testigos, los ataques previos y los testimonios de las supervivientes hasta detener a Garayo de forma fortuita en el centro de Vitoria. Otra versión sostiene que una niña lo reconoció en la calle, gritó “¡Sacamantecas!” y una multitud lo redujo.
Garayo negó inicialmente los hechos, pero acabó confesando los asesinatos y los ataques fallidos tras apelar a su fe católica y al arrepentimiento. Atribuyó su conducta al diablo.
El tribunal de primera instancia de Vitoria lo condenó a muerte por los dos últimos asesinatos, pese a que su abogado alegó que había actuado bajo “impulsos irresistibles”. La Audiencia de Burgos y el Tribunal Supremo de Madrid ratificaron la pena.
Un grupo de médicos lo examinó durante los primeros meses de 1880. Su dictamen concluyó que “Juan Díaz de Garayo no es un imbécil y no padece monomanía alguna”, en uno de los primeros grandes procesos españoles en los que psiquiatras discutieron abiertamente sobre la responsabilidad penal de un acusado.

Garayo pasó alrededor de un año y medio en la prisión de Vitoria, donde aprendió a vestirse y afeitarse con grilletes, intentó aprender a leer y relató sus crímenes a los visitantes a cambio de limosnas. El 11 de mayo de 1881 fue ejecutado mediante garrote vil en el Polvorín Viejo de Vitoria ante unas 10.000 personas, según las fuentes de la época; su cadáver fue expuesto al público, sometido a una autopsia a la que acudieron médicos de toda Europa y enterrado después en una fosa común.
La película que ahora se estrena está dirigida por David Pérez Sañudo y cuenta con Antonio de la Torre en el papel de Garayo. Patricia López Arnaiz interpreta a Ángela Berrosteguieta, hermana de una de las víctimas, mientras que Josean Bengoetxea encarna al alguacil Pío Fernández de Pinedo.
La historia se desarrolla en Álava cuando la III Guerra Carlista agonizaba y varias mujeres aparecían estranguladas en las afueras de Vitoria. La película plantea la búsqueda de justicia de Berrosteguieta frente a la falta de recursos del alguacil y a las autoridades que preferían ocultar la sucesión de asesinatos.
Pérez Sañudo ha explicado a Infobae que inicialmente se acercó al caso atraído por su dimensión criminal, el personaje mitificado y el contexto histórico. Su investigación le llevó a una lectura más amplia: “Detrás del mito había algo que me interesaba mucho más: una sociedad entera observándose a sí misma a través del miedo”.
El director ha señalado que pretende que el Sacamantecas no sea solo una figura del pasado, sino “una puerta para preguntarnos por nuestros propios miedos presentes”. La película utiliza las herramientas del thriller histórico para desplazar el foco desde el asesino hacia el clima social que permitió que el miedo se extendiera.