Hay una frase hecha para decir que un libro fluye y es “de una sentada”. Lo leés de una sentada, dice, no te podés parar, arrancás y terminás. Esto no es metafórico sino literal con Cruce peligroso, una novela muy corta -100 páginas redondas- que escribió el periodista Jorge Porta, Gerente de Noticias y Programación de Radio Mitre.
Cruce peligroso empieza con un motoquero de aplicación, Juan Carlos Caicedo, haciendo una entrega urgente de insulina que va a salvar una vida. Es venezolano Caicedo, pero hace años vive en Buenos Aires. Todos los días ve cómo desde una central se coordinan movimientos de un montón de personas. Cuando se hace bien, las cosas funcionan. “Tal vez una ciudad podía administrarse igual que una aplicación”, piensa Caicedo. Y un país, ¿por qué no?
Como si le respondieran, Caicedo va a la central -un galpón- y pasa eso que no puede pasar: las computadoras se apagan, el sistema deja de funcionar. En la vida real, los motoqueros se quedan sin instrucción, sin destino, sin el trabajo de ese día. Y mucha gente seguirá esperando cosas que a veces son pavadas y a veces necesita con urgencia.

¿Se puede administrar un país como una aplicación? Puede fallar, pero todavía Caicedo cree que sí. Más cuando llega Andrea, la técnica encargada de componerlo todo. Y resulta que Andrea tiene, en casa, una especie de centro de cómputos desde donde puede mover parámetros mínimos pero suficientes para que a uno le den más viajes, otro cobre un poco más de jubilación o lo que haga falta.
Pero todo tiene un pero en Cruce peligroso y Porta lo adelanta en la bajada del libro: “Toda decisión redistribuye el daño”.
O, dicho en criollo: cuando unos ganan, otros pierden. Levanté las barreras del peaje -qué lindo- pero hice un desastre un poco más adelante. Por ejemplo.
Caicedo está bien integrado a Buenos Aires, habla de “vos”, toma mate. Y tiene una amiga-amante también venezolana, con la que llegó al país. Ella era profesora en Maracaibo. Pero como, se sabe, pasaron cosas, ahora también maneja -en este caso, un auto- para una aplicación. “Soportaba pasajeros borrachos, tipos que intentaban tocarla y clientes que cancelaban apenas descubrían que quien manejaba era una mujer”.

Caicedo va y viene, a veces literalmente, entre una mujer y otra. Entre la que aprieta las teclas para cambiar vidas y la que sufre las consecuencias de esas decisiones y, en general, las de los algoritmos. Además de las concretas, ya se sabe: por algo están los dos tan lejos de casa.
A Porta -que en la construcción de esta novela habló con muchos motoqueros- no se le escapa el contexto macro en que estas vidas ocurren. La emigración, sí, la patria como un póster pegado en la pared con el mar turquesa de la Isla Margarita. Pero, sobre todo, la cópula de tecnología y precarización que marca el presente.
“Nuestras vidas ya están adentro de esa máquina”, dice Andrea cuando, abracadabra, hace que las lucecitas vuelvan a funcionar y todo se ponga “en su lugar”.
Caicedo sabe que “su vida estaba hecha de velocidad, métricas y eficiencia operativa”. Cree que a los países los hunde el desorden. La tentación de intervenir y hacer justicia -y en eso Andrea es la mano santa- es demasiado fuerte.
En la calle, sabe, hay solidaridad entre motoqueros y, un poco, entre quienes saben que están atrapados en la misma red. Eso también tienta: “Lo vio de golpe. La red ya existía. La precarización la había construido sola. Gente distinta, vidas distintas, pero todos conectados por las mismas plataformas, los mismos teléfonos y la misma dependencia. Lo único que faltaba era alguien que les mostrara que ya estaban unidos”.
Porta escribió esta novela de luces, juventud, resistencia, sueños y vértigo, en el teclado de su celular, los dedos rápidos sobre la pantalla y el dispositivo siempre disponible. Las oraciones son muy cortas, los personajes se mueven rápido -en moto, je- y el ambiente es claramente reconocible aunque también nos muestre, a muchos, la trastienda que viven aquellos a quienes vemos a diario cruzando las calles con sus mochilas apretadas en la espalda, el cuerpo expuesto a lo que venga.
¿Será que de ellos, de esa conjunción de calle y sistemas, puede venir un futuro mejor, más equilibrado, un futuro en que, por una vez, por un rato, ganen menos los que antes ganaron más y saquen la nariz a la superficie los que vienen hundidos?
Siempre hay una esperanza. Pero ojo, también –redistribuir el daño– está el subtítulo del libro.