La Selección Argentina está en los octavos de final del Mundial 2026. La frase, así de austera y potente, es la mejor noticia que nos queda como resumen de una noche inolvidable que se transformó en una montaña rusa de emociones en la húmeda y al mismo tiempo excitante Miami, que recibió a los campeones del mundo para parir una victoria cuyo festejo se vinculó más con el desahogo que con la euforia.
Con la premisa de respetar siempre a todos los rivales, Cabo Verde llegaba como la gran revelación de la Copa del Mundo, y esto es tan cierto como que la Argentina era la favorita para quedarse con la victoria. Sin embargo, durante más de 120 minutos, el equipo africano le presentó al conjunto de Scaloni una cantidad de dificultades inesperadas que la Argentina resolvió mucho más con orgullo, con temple y con su condición de campeona del mundo que con fútbol.
Lionel Messi volvió a mostrar que está en otra dimensión. Participó de manera excesiva o, al menos, sin tanto acompañamiento como nos gustaría en las acciones de ataque del equipo. No obstante, surgieron dos grandes mariscales de la victoria: Cristian Cuti Romero y Lisandro Martínez.
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La victoria le deja a la Selección el alivio de la continuidad para mantener el sueño del bicampeonato del mundo, pero al mismo tiempo una cantidad de preocupaciones y ocupaciones de las que uno descuenta el técnico Lionel Scaloni se va a encargar. No aparece el equipo en la mitad de la cancha, el corazón del conjunto nacional que fue el secreto mejor guardado tras años y medio atrás en Qatar 2022. El lateral derecho sigue generando muchas dudas, allí donde ni Nahuel Molina primero ni Gonzalo Montiel después le dieron solidez a la defensa. Por otro lado, la deuda goleadora del centrodelantero también sigue siendo un problema que no se logra resolver.

Las buenas, además de las ya mencionadas, fueron pocas: una de ellas fue la aparición de Emiliano Dibu Martínez, que con un par de atajadas notables le dio al equipo esa sensación de invulnerabilidad que tiene el arquero cada vez que lo llaman. La otra es el saber que hay poco tiempo para trabajar, pero mucho para pensar en cómo cambiar para el partido contra Egipto.
Es curioso. Argentina modificó claramente algunos nombres después de una derrota con Arabia, en el primer partido del Mundial de Qatar, y tal vez tenga que cambiar algunos otros ahora, luego de una victoria contra Cabo Verde.
En cualquier caso, el equipo, aún en una montaña rusa de emociones, sacó adelante un partido complicadísimo y sigue teniendo la ilusión intacta de volver a ser campeón del mundo. Por supuesto que hay una serie de cuestiones que el técnico tiene que revisar y que seguramente tomó nota pensando en lo que viene por delante, pero era uno de esos partidos en los cuales daba la sensación que todo se hacía mucho más complicado de lo esperado.

Cabo Verde dejó de ser, y lo vimos sobre todo con España y Uruguay, un equipo entusiasta para volverse competitivo. Ayer le generó a la Selección muchas dificultades defensivas, pero apareció Messi, apareció el linaje, la jerarquía y el amor propio del campeón.
Argentina se fue de Miami con una certeza: para llevarse el cinturón de campeón, para quitarle el trono al actual campeón del mundo, van a tener que hacer algo más que solo jugar bien al fútbol.
“Esta columna es la transcripción del editorial de Román Iucht en el programa Cueste lo que Cueste”